La esperanza es la última en morir - Halina Birenbaum

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Me fui a Israel cuando empezó la guerra de 1947. Todos en el país luchaban por su propia existencia y por la existencia del estado acabado de crear. No había tiempo para explicar los recuerdos que aún eran tan recientes. Tuve que hacer frente a las obligaciones cotidianas y a satisfacer las necesidades del día de cada día. Esto me absorbió hasta tal punto que era como si no conociera nada más, como si allí empezara toda mi vida. Y todo mi pasado quedó sumido en las profundidades de mi alma.
Fue el proceso de Eichmann el que provocó un cambio en mi vida. Cuando en la radio oí la voz del fiscal, Gidon Hauzner, ya no me aparté ni un momento del aparato. Dejé las obligaciones de casa, no me cuidaba de los ni?os, hacía sólo las cosas estrictamente necesarias... y escuchaba el proceso en Jerusalén. Mi origen y las vicisitudes de mi vida habían dejado de ser anónimas. Eso me ayudó a recuperar la conciencia de que allí había llegado de otro sitio, que tenía familia, que vivía en medio de otras personas, aunque en aquel momento ni aquella gente ni aquella vida ya existían. Y de repente, como si volviera a casa y por una extra?a coincidencia del destino me sentí mucho más en casa.
Pero en las terribles declaraciones de los testigos me faltaba algo. Me faltaba algo fundamental, la atmósfera de una amenaza constante en el pasar cotidiano en medio de todos los horrores de la guerra. Respiré aquella amenaza casi seis a?os en los que cada hora era una eternidad o la hora que precedía a la última.
Se lo explique a mi marido durante varios días y varias noches, hasta que al final, exclamó: "?Escribe un libro sobre todo esto!" Me dejó sorprendida y... asustada. ?Cómo poder describir todo aquello? Tantos hechos, acontecimientos, sufrimientos y esperanzas rotas... Cuando terminé de escribir, me encontré fantásticamente bien, ?lo había cumplido! Esto es lo que debería haber hecho, lo que se esperaba de mí. Sentía que estaba experimentado el momento más sublime de mi vida.
Mis allegados, su pasado y mi pasado con ellos, su vida y su muerte ya no me pertenecían sólo a mí. Era como si vivieran de nuevo, como si estuvieran a mi lado. Ahora cualquier persona puede conocer su destino, especialmente aquellos que actualmente me son más cercanos: mis hijos, sus amigos, mis amigos.
Con este libro he llegado a muchas corazones, he hecho amigos en muchos países, con adultos y ni?os, con judíos y con personas de otras nacionalidades. Me han dado muestras de comprensión y de reconocimiento para las que no tengo palabras suficientes de agradecimiento. Entendí que en todos sitios hay gente dispuesta a escuchar y a entender si les abrimos nuestro corazón sincero y honesto, mostrando con amor y confianza la verdad que contiene. Esta verdad será siempre aceptada, aunque sea difícil y dolorosa, e incluso resulta que insufla valor y fe en la vida.
Quiero dar las gracias encarecidamente a todos los que han contribuido a publicar mis memorias de los tiempos del exterminio nazi.
Halina Birenbaum
Nací en Varsovia.
Vivía en la calle Nowiniarska con mi madre, mi padre y mis dos hermanos. Mi padre era un peque?o agente comercial, de Biała Podlaska. Mi madre se encargaba de la casa y contribuía a nuestro modesto presupuesto haciendo ganchillo. Era de Żelechów. Era una mujer valiente y muy inteligente, era a quien más quería y respetaba de todos los miembros de la familia. Mis hermanos todavía estaban estudiando: Marek hacía medicina en Francia, Chilek1 estudiaba un oficio manual en Varsovia.
En septiembre de 1939 yo tenía diez a?os e iba a empezar tercero en la escuela.
En verano de aquel a?o, escuchando las conversaciones de los mayores, entendí que se avecinaba la amenaza de una guerra en el país, mucho peor que la última, en la que se iba a utilizar una gran cantidad de aviones, de bombas explosivas y de gas, terrible ante todo y en particular para nosotros, los de la nación judía. No me lo podía llegar a imaginar, pero tenía una sensación aplastante de temor que no me dejaba tranquila. Temía por algo, confusamente, y esperaba que los labios de mi madre me lo desmintieran. Su angustia y su tristeza, con todo, me dijeron mucho más que sus palabras de ánimo... Un ambiente pesado en la ciudad, en las calles, grupos de gente preocupada, hablando con nerviosismo de los acontecimientos políticos, de las noticias de la radio... No presagiaba nada bueno.
?Había estallado la guerra! Los malos presentimientos se convirtieron en realidad, en una pesadilla.
Los escuadrones de Messerschmitt y el resplandor de los incendios cubrieron el cielo de Varsovia. Resonaban las sirenas de alarma, las bombas caían con un silbido y con gran estruendo, desgracia y muerte.
Los primeros días del sitio de Varsovia corríamos hacia la planta baja durante los incesantes ataques aéreos, convencidos de que las gruesas paredes y la construcción de la escalera nos protegerían de los proyectiles. Nos arrimábamos unos a los otros y escuchábamos aquel zumbido espantoso, rezábamos implorando a Dios que nos salvara.
Pero por lo que se veía, ese estruendo había dejado sordo al mismo Dios. Las casas se derrumbaban en ruinas, sepultando a la gente; estallaron incendios. La muerte no daba abasto.
En la gran festividad judía del Yom Kipur los nazis con una particular fuerza y precisión bombardearon el barrio judío. Esa noche la calle Nowiniarska y otras calles ardieron en llamas.
Nuestra casa ardió por completo.
Desde fuera había una claridad como si fuera de día, nadie extinguió los incendios. No había agua, no había comida, no había fuerzas. Nos escapamos de la casa en llamas, llevándonos todo lo que pudimos coger con nuestras propias manos; nos abrimos paso hasta llegar a la calle Świętojerska, a la casa de un amigo de mi hermano. Allí nos refugiamos en un sótano ya abarrotado. Había allí un aire pesado, respirábamos con dificultad, pero al menos no se oía tan claramente el estrépito de las bombas ni el zumbido de los aviones, y eso ya me pareció una suerte...
Al cabo de tres semanas se hizo un extra?o silencio. Pensábamos que ya habíamos pasado lo peor. El final de los bombardeos. Éramos tan ingenuos; fue precisamente entonces cuando la ocupación mostró el auténtico rostro del enemigo.
Varsovia se rindió. Columnas de tropas alemanas marchaban por la ciudad destruida, todavía en llamas. Parecían ser invencibles, seguros de sí mismos, poderosos. Multitudes pálidas y cansadas salieron a las calles; la gente de los refugios y de los sótanos, con fardos en sus espaldas, buscaban algún rincón en las casas que se tenían en pie. Aquí y allí los nazis repartían pan y sopa de unas ollas. La gente de Varsovia, hambrienta, se api?aba en filas de las que los nazis inmediatamente sacaban a los judíos y les daban golpes terribles.
Así pues, desde el principio ya empezaron a separar a sus víctimas entre las "mejores" y las "peores", entre los arios y los semitas, los polacos y los judíos, para después atormentar, robar y asesinar tanto a unos como a otros. Crearon barrios destinados sólo para los alemanes, barrios separados para los polacos, y otros separados para los judíos. Para no tener problemas a la hora de diferencias a los judíos de los representantes de otras nacionalidades, obligaron a los primeros a llevar una cinta especial con la estrella de David; ahora podían ensa?arse mucho más fácilmente con ellos, la cinta jugaba un papel de signo distintivo.
Mis padres encontraron una habitación en la calle Muranowska, en la casa número 7/9 de una dentista, una judía. En aquella casa de cinco habitaciones ya vivían cuatro familias (también se dormía en la cocina). Nuestros muebles se quemaron junto con todas nuestras posesiones en la calle Nowiniarska. Ahora guardábamos las pocas cosas que se habían salvado en un baúl; mamá nos ponía a dormir en el suelo, en unos colchones que se habían salvado del incendio. Una cocina peque?a, de losas, en una esquina de la cocina, nos permitía cocinar, y en invierno sustituía a la estufa. En aquella cocina que era nuestro dormitorio, comedor, cuarto de aseo y lavadero se estaba muy estrecho y era asfixiante. Allí vivimos cinco personas durante dos a?os, hasta que nos deportaron.
En la calle se desencadenó una ola de pillajes y de redadas. Los nazis cogían a los judíos para los trabajos forzados en la ciudad y fuera de ella. Los hombres tenían que limpiar los escombros, limpiar las casas para los alemanes, cargar con todos los enseres que habían saqueado. Muchos ya no volvían de esos trabajos, morían a causa de una bala o porque los pegaban. Mientras que los que volvían, testigos o víctimas del terrible maltrato de los alemanes, despertaban en los otros un temor indescriptible con las historias que contaban. Por otra parte, la sola visión de aquellas redadas era terrible. Más de una vez había visto por la ventana cómo ocurría todo. De repente, aparecían unos camiones en una calle llena de gente; todo el mundo intentaba escapar. Con el grito de "Halt!" o con una se?al del brazo los alemanes cogían a los hombres y los cargaban en los camiones, empujándolos y pegándolos brutalmente. Y en medio de todo, disparaban a la multitud que se dispersaba, a los ni?os que vendían dulces, cigarrillos o cintas por las calles, y que durante las redadas, huían corriendo a más no poder con toda la "mercancía". También disparaban hacia las ventanas de las casas.
Los insultos vulgares y los tacos de aquellos soldados nazis se mezclaban con los gritos y los gemidos de los heridos y de los que habían golpeado, y con el ruido lleno de pánico de las piernas que escapaban. La calzada y las aceras se llenaban de cadáveres y de sangre. Finalmente, se iban los camiones cargados llevándose consigo su vivo botín.
Y la gente volvía a salir de sus guaridas y de sus madrigueras, los traficantes y los mendigos volvían a ocupar sus "puestos", todo volvía aparentemente al ritmo de antes, hasta que de nuevo, volvía a propagarse un grito desde lo más profundo de la calle que lo paralizaba todo de miedo: "?Alemanes!"
Así fue durante muchas semanas y meses. Cada día nuevas víctimas, nuevas órdenes y disposiciones que menoscababan nuestros derechos a vivir, a movernos y a respirar.
En oto?o de 1940 los nazis crearon el gueto.
En un espacio de pocas calles se concentraron los judíos refugiados de ciudades más peque?as y todos los judíos de Varsovia. Un muro alto separaba el gueto de los llamados barrios arios, a la entrada del muro pusieron vigilancia: gendarmes alemanes y también policía polaca y judía.
Los nazis hicieron que la Comuna Judía fuera la responsable del gueto. Les era completamente sumisa, y cumplía todas las órdenes criminales, al igual que la policía judía, contribuyendo así en gran medida al sufrimiento y a la aniquilación de los desafortunados habitantes del gueto.
Los nazis recibían de la Judenrat cualquier contribución, contingente de mercancías y de gente para los trabajos forzados (y más tarde para las ejecuciones y para gasearlos), de manera que los más ricos pagaban por salvarse la mayoría de las veces, y en su lugar cogían a los más pobres que no tenían posibilidad de pagar por salvarse de las manos de sus propios miembros de comunidad o de los invasores.
Esta clasificación de personas proporcionaba la esperanza ilusoria de que el exterminio no afectaría a todos los judíos, que aquel que tuviera medios materiales podría sobrevivir a la guerra, y esa convicción insensibilizaba a unos de la desgracia de los otros.